RESPUESTA AL AMIGO ROGELIO. (Enero, 2015). PRÁCTICA Y TEORÍA.

19 Feb

RESPUESTA A ROGELIO, 21/01/2015:
Estás tocando dos cosas diferentes Rogelio! No sigás metiendo la patica! Una cosa es el estilo y vicios de una gestión, se auto-denomine Comunista, Capitalista, Socialista, Demócrata Cristiana, Socialdemócrata, Justiciera… y pare de contar, y otra muy diferente son las bases teóricas socio-productivas que se esgrimen para sostenerse en el poder! Ya, innumerables veces, te he explicado que tenemos una analogía con respecto a lo planteado, y es la siguiente:… tu no le echas paja al Catolicismo, al Cristianismo puro, a los evangélicos, al Protestantismo, solo por el hecho de que hayan pederastas y corruptos en sus filas! Una cosa es el Cristianismo, como fundamento religioso, ético, y otra cosa es el mal ejemplo de algunos de sus integrantes! China, su gobierno, puede estar económicamente bien; pero para lograrlo ha debido pactar con el infierno (USA, eso lo saben todos!) y someter a parte de su población a una oprobiosa situación. Injusticias hay en todos lados, pero deben combatirse contra los que las engendran. En el caso venezolano, estas injusticias se han ido engranando y compartiendo entre dos elementos irracionales polarizados extremos, los cuales son alimentados por ideas y opiniones extremas, y de muchas de estas, algunos se hacen eco y las expresan de manera insustentable. Te lo repito: somos críticos de una gestión que ha cometido errores y los seguirá cometiendo; estaremos continuamente señalando y ofreciendo correctivos para esos errores, pero eso no significa que nos colocaremos del lado de quienes propulsan, acrecientan, fomentan, explotan, y gozan con el cometimiento de esos errores! Del lado político que fuere!

No te sientas vencido!

12 Ene

No te sientas vencido

ni aún vencido.

No te sientas esclavo

ni aún esclavo.

Trémulo de pavor piénsate bravo

y acomete feroz ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido

que ya roto y ruín vuelve a ser clavo

y no la cobarde intrepidez del pavo

que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora

o como Lucifer que nunca reza

o como el robledal cuya grandeza

necesita del agua y no la implora.

Que grite y vocifere vengadora

ya rodando en el polvo tu cabeza.

Poeta: Alma Grande

HONOR AL PESCADO

18 Nov
Oigo la misa, oigo al sacristán… sacerdotes, jerarcas de la iglesia tribal… todos me dicen lo que debo pensar, se atreven entonces a decirme lo que debo olfatear.
Aromas a rosas, perfume colonial, pétalos de flores de un desierto marciano, las damas me indican lo que es acertado ahora tomar. De un cuerpo inerme, extraño, que evite el aroma del trabajo digno y sagrado con que nos alimentamos, pero con orgullo me digo: es aliento de Poseidón, bailando en la Antártida con Platón.

Permanente la experiencia es ver, de familiares y extraños, las náuseas que les ocasiona el olor a pescado… sea frito, en sopa, horneado o guisado. Se retuercen con estiradas poses, y con aspectos de pitillos asquerosos despliegan los labios como si quisieran besar al Príncipe Carlos. Voltean sus caras y con ademán de aristócrata o burgués, se tapan las fosas de las cuevas que llevan gominosas toxinas y sirven de conductos a exquisitos efluvios que la vida misma nos depara en esquinas, mercados de frutas y pubescentes cuerpos en entrepiernas dispuestos.
Genético resulta lo que llevamos por dentro, oler con disgusto los dedos que tocan un pescado o un fruto, que luego de haber sido tragado con gusto, olemos pausados y luego decimos: ¡Fó!… ¡esto es pior que un susto!
Amigos y amigas les digo seguro, no hay nada más bueno que comerse uno, sea frito el pescado, sea tiburón asado, horneado el molusco, o cualquier del mar fruto. No desprecien la carne, la espina y la escama, que reprodujo Jesús en un momento fortuito, pues lo hizo pensando en nosotros, toítos!
Luis Carlos Guerrero Pérez.
 
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ASESINO SIN REMEDIO.

18 Nov
Asesino soy, sin remedio.
Desde lejos, mi mirada la detectan. Mis ojos felinos centellean de felicidad al oír el chirrido de la muerte.
Lanzo movimientos acompasados donde brazos, manos y piernas oscilan como en las ar

tes marciales para dar continuas estocadas mortales.
Hoy he sido el peor de los asesinos, o mejor dicho… el mejor de los asesinos.
Hoy, en lo que va de día, he matado cientos de cientos “aviones de guerra” que vuelan rasantes, en picada; sin mutar desde hace millones de años, han castigado la tranquilidad de la humanidad, desde siempre.
Miles de martirizadores zancudos han caído bajo el swing de la raqueta eléctrica de mi madre. La culpable sonrisa, cómplice de mi alegría, no sabe como declararse ante el juez del universo, a causa de tanta eliminación masiva. … Y yo creyéndome ambientalista.
¡Que horror! ¡En lo que me he convertido… en un asesino!
Millaradas de cadáveres electrocutados cubren el piso. Paticas, alitas y abdómenes hinchados de sangre conforman una alfombra vinotinto negruzca donde el espectro de la muerte campea, guardando un enorme parecido con la obra “El Triunfo de la Muerte”, de Pieter Brueghel.
Este camposanto entomológico es pegajoso y resbaladizo, y al desear continuar con mi atroz matanza he patinado sobre mi propia sangre. Cayendo sobre nuestra perra Sally Antonia, mi peso la ha matado también, sin remedio. ¡Oh! Doblemente asesino soy. -¡Asesino! Me digo. No tengo perdón de Dios. La he partido en dos.
 Luis Carlos Guerrero Pérez.Imagen
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EL VALOR DE LO INAPRECIABLE

13 Oct

EL VALOR DE LO INAPRECIABLE.

Algunas cosas pequeñas y con poco valor económico pueden engendrar más significado y utilidad que las que demuestran poderío y majestuosidad.
El auto recorría la vía de la costa. Su techo asomaba algunos lunares, producto de la sal y la humedad de la atmósfera, además del orine de las iguanas del norte de Maracaibo.
Parte de su superficie parece la cara de un gato veterano de batallas felinas, por la conquista de sus consortes en celo, eran aruños y zarpazos que dejaban ver la masilla de fábrica. Algunos ruidos de la carrocería, la amortiguación y el sistema de escape armonizaban como una marcha bélica hacia el combate.
Su origen coreano, y diseño familiar le da aspecto frágil y delicado, pero es un guerrero impetuoso en la jungla del asfalto y el concreto.
-¡Nunca nos ha dejado abandonados! Me recordaba una de mis hijas. Y eso que le ha tocado lidiar con tanto camino ponzoñoso; inclusive siempre nos salvamos, aun cuando uno de sus zapatos se haya desinflado, a causa de vidrios, tornillos o tunas, atravesados en su andar.
13 años marcaban su tiempo, de los cuales los primeros 4 o 5 funcionó como taxi, y solo Dios sabe el tormentoso trato que le infringieron sus conductores de turno.
Siempre presto para el servicio familiar, y a llevar en su lomo a los necesitados de traslado, en los caminos polvorientos.
Con frecuencia me quejo de los gastos que ocasiona, pero al pensarlo bien me doy cuenta que paso meses gastándole solo combustible y muy justo es que con cierta regularidad merezca traslado al taller, para su mantenimiento o cambio de cualquier pieza desgastada.
Ese día, cuando la brisa y las gaviotas alegraban el camino de las playas de La Rosita, mi carrito sabía que le tocaba refacción, sus tripoides sonaban como metralla en las pasadas noches de Trípoli. Lo llevaba directo al taller.
Mi mal humor, pues pensaba en el desembolso de mi maltratado bolsillo, era palpable. Miré hacia el retrovisor y parte de éste reflejó mi rostro compungido, el entrecejo fruncido, mis labios apretados. Otra parte del retrovisor me dejó ver la carretera que iba quedando atrás, maltrecha, con huecos y remiendos, sus orillas conformadas por un lodo agrietado y con restos secos de vegetación de sabana; pero con el reflejo del sol en las hojas de los cujíes, los verdes limpios de los cultivos de verano y la siempre loable brisa matutina del Lago, la sonrisa y el buen humor me fue retornando.
Llegamos al taller. Mi auto suplicaba por que lo rescatara pronto. Sus faroles tristones me miraban como mis perros cuando los dejo todas las mañanas.
-Tantas diligencias por hacer y yo sin vehículo, me dije. Tanto que reniego de su uso y me opongo a las políticas de consumo de combustibles fósiles. ¡Qué contradicción! Me tocará vivirla el resto de las próximas décadas.
El transporte público no haría rendir mis obligaciones, además los sitios a transitar no están beneficiados por este servicio. Pensaba y pensaba en alguna solución, hasta que recordé a una amiga, quien trabajó conmigo en una época, en los campos de Mara, en las costas estuarinas del Lago y riberas del Río Limón.
Mi amiga es de esas personas que se quedan en el corazón. Compartimos momentos muy agradables en nuestra época de estudiantes universitarios. Nos hicimos aún más amigos luego de egresar de nuestra alma mater. Alegres anécdotas, que incluían a muchos de nuestros compañeros, siempre eran recreadas cuando nos encontrábamos. Vivencias laborales y experiencias de campo fueron consolidando fuertemente nuestros sentimientos afectivos. La crisis política-económica del nuevo milenio nos castigó con la pérdida de nuestros trabajos formales. Así que hicimos alianza para encargarnos de algunos proyectos y contratos particulares, mientras se enderezaban los rudos caminos de ser profesionales del agro. Hacía algunos meses que solo nos saludábamos eventualmente por mensajes de celular.
Mujer trabajadora como quien más, mi amiga, proseguía siendo esforzada, incansable y tenaz, como todas las mujeres mestizas de nuestro pueblo. Daba gusto verla en plena faena. Podía medir su rendimiento con cualquier obrero vigoroso de las unidades de producción agropecuaria que visitábamos.
Recordé que me había puesto a la orden un vehículo doble tracción, adquirido recientemente por ella.
Cuando mi pedido de auxilio llegó vía satélite al auricular de su celular, me respondió: – ¡Claro que sí! ¡Cuenta con mi camioneta. Vente para que me ayudes en unas tareas y luego salimos hacia donde lo requieras!
Era un rústico imponente, de los que llaman 4 por 4. Grandes neumáticos. Brillaba envidiablemente al posar su latonería perlada ante los rayos directos del sol. Se veía compacta, y más tarde al sentarme en su interior, comprobé que se apreciaba lo mismo. Simulaba a una nave espacial. Era la última generación de vehículos con suspensión hidráulica, caja automática de cambios, vidrios eléctricos, asientos de piel de alguna última especie animal que ya habría sido extinguida en el año anterior; pantalla de video, equipo de sonido inmejorable, sistema de ubicación geográfica, 340 km/hora, y todo el avance tecnológico adquirido en la edad de la conquista a Marte por parte del nuevo colono: el homo comunicabilis. La admiración no podía ocultarse al ver semejante automotor, digno de la inteligencia humana, la misma que estaba pidiendo desalojar lo que quedaba de nuestro planeta.
Mi amiga sonreía comprensible ante mi asombro; ¡Era como si yo viera a un espanto!
El tiempo estaba contado. Mientras más velocidad pueda alcanzar un vehículo más apurados estamos. Mi amiga gritó, como un entrenador de atletismo: -¡Rápido, nos queda poco tiempo! ¡Todos a bordo!
Como una liebre me lancé sobre esos hergonómicos asientos, ahhhh!!! maravillosamente cómodos. Hicimos las diligencias pertinentes a la agenda de mi solidaria amiga y en 1 hora estábamos pasando por Capitán Chico, tomando la vía a Puerto Caballo. Los reductores de velocidad en la vía hicieron que la 4 x 4 se detuviera constantemente y perdiéramos algunos minutos, pues la conductora deseaba que la suspensión sufriera lo menos posible.
Le solicité a mi amiga que parte de mis oficios eran visitar algunos proveedores de pescado en Sinamaica y El Moján. –¡No hay cuidado! me respondió atenta.
La vía principal tenía nuevos “cráteres”, estos se sumaron a la colección donada por varios años de desidia y pésima planificación gubernamental. Las lluvias de la pasada temporada habían dejado el escenario digno para una filmación relativa a los bombardeos en Beirut.
La potente camioneta, a pesar que de tanto en tanto podía alcanzar los 100 km/hora, debía detenerse continuamente pues era demasiado ancha y torpe para esquivar los hoyos, zanjas, grietas y más reductores de velocidad que caracterizaban a esta vía principal.
Opiné, sin sarcasmo: – ¡Lástima que no podamos alcanzar los 340 km/hora que señala el tacómetro. Bueno, al menos unos 150! Sentí una mirada, poco amistosa. Callé.
Me dije interiormente, ¿cómo podemos adquirir vehículos que marcan una barbaridad en el velocímetro?, siendo imposible que logremos alcanzar la magnitud que allí se señala. Primero: en la ciudad es poco probable alcanzar velocidades por encima de 40 a 50 km/hora por el caos del tráfico y el desfile de semáforos que regulan la locura de la movilización humana. Segundo: en las carreteras o autopistas más congestionadas tampoco podemos acometer la proeza de pasar de 100 o 120, pues los reductores, otros vehículos y el mal estado de las vías nos dejarían decapitados, más si aspiráramos superar los 150 km/hora por más de 3 minutos consecutivos.
-¡Tranquila, no estamos apurados! Agregué, luego de hacer mis análisis especulativos.
Sentí que la nave hizo un giro hacia la derecha, -Conozco una vía alterna que podrá ayudarnos. Dijo con mucha seguridad la piloto de la camioneta imponente.
Al cabo de pocos minutos la carretera secundaria tomada presentaba un panorama similar o peor que el anterior, parte de la vegetación engullía el asfalto de las orillas, éste suplicaba por el mantenimiento preventivo que en otras décadas hacía la oficina de obras públicas estadales.
-Lo único ventajoso de por aquí es poder ver lo silvestre y hermoso de nuestro medio rural, dije para alentar a mi amiga.
Un grupo familiar de mujeres y niños solicitaban con sus pulgares y sus manitas que los trasladaran. Miré a mi amiga como implorándole que los complaciera. –Es un peligro subirlos atrás; pueden caerse. Además podrían maltratar la pintura del vehículo. No quise hacer conjeturas al respecto.
Parte de la vegetación xerófita amenazaba con sus espinas, cual espadas, a la maravillosa pintura de la 4 x 4. Mi amiga las miraba, aterrada las esquivaba, pero impotente no evitaba a otras que iban marcando la delicada brillantez del esmalte que cubría a la carrocería. Las imperfecciones de la vía hacían que la camioneta se rasgara contra la vegetación. El aíre acondicionado comenzó a no ser suficiente; el polvorín del camino había ido obstruyendo los ductos necesarios para una adecuada ventilación. Decidimos desconectarlo y abrir las ventanillas.
¡Zuás! Como una tormenta del desierto en el medio oriente, raudales de polvo invadieron la cabina; ya la piel del animalito exterminado el año pasado no estaría lúcida sin un baño de silicone. El tablero se ocupó de una fina película de tierra amarillenta, podría haberse obtenido una buena cosecha de hortalizas si decidiéramos sembrar sobre éste. Nadábamos en una nube de polvo, la misma camioneta con sus enormes neumáticos la originaba brutalmente.
Al no poseer buena visibilidad era infructuoso esquivar los baches y depresiones, caíamos constantemente en estas. Decidimos disminuir la velocidad.
No había pasado un cuarto de hora cuando sentí dos vehículos que se aproximaban amenazantes desde atrás. Trataban de colocarse a nuestros flancos, pero la profusa vegetación les dificultaba la tarea.
-¡No te detengas! Le sugerí a la comandante de la nave. Sus ojos ya estaban hermosamente saltones. Ambos tragábamos grueso, la saliva desapareció de mis glándulas, y mi boca reseca apostaba por un trago de agua fresca, de esa que brota de los acuíferos cercanos a Tamare.
Instintivamente, y por obligación mi amiga imprimió más velocidad a la máquina de alto caballaje, por supuesto, sin llegar al máximo, no lo hubiese podido lograr. La polvareda se hizo mucho más densa, el miedo nos ayudaba a no pensar en lo dificultoso que se hacía respirar.
Los saltos de nuestros cuerpos dentro de la cabina eran acrobáticos, los cinturones de seguridad servían de poco. Aceleraba y refrenaba intermitentemente. Intenté usar el teléfono móvil pero su luz “sin cobertura” me dejó frío. Uno de los autos comenzó a darnos pequeños toques en el parachoques trasero, luego imprimía más carga sobre la carrocería de la camioneta, cuando aprovechaba que esta disminuía la velocidad por los obstáculos y baches del camino. Gracias a la anchura de la camioneta, mi amiga timoneaba de tal manera que no permitía que los autos la flanquearan. No podía evitar que se le estrellaran cada vez que nos alcanzaban.
Logramos llegar a un segmento más amplio; uno de los autos se puso paralelo a nosotros, pude ver al conductor: sus cejas pobladas, barba azulada recién afeitada, peinado engominado… y su diente de oro, brillaba de gusto. Era una sonrisa donde el sadismo y la adrenalina se asociaban para regocijarse en la cara del atacante. Se aferraba al volante y lo hacía girar hacia la majestuosa camioneta, era como si fueteara a un caballo en una carrera por la vida. Conseguía estrellarse contra los guardafangos traseros, pero el peso del vehículo de mi amiga era muy superior y quien se tambaleaba era el chevy modelo 75 que conducía el maleante, una máquina hecha de hierro fundido. Las sombras de otros ocupantes en ambos autos cazadores acrecentaban la duda de poder salir victoriosos de esta reyerta.
Sonaron dos disparos. -¡No te detengas! grité a mi amiga. –¡Dale, dale, dale! Proseguía diciéndole sin cansarme. Ella atendió y puyó aún más el acelerador. La carretera comenzó a mejorar y eso ayudó a que tomáramos cierta ventaja.
Nuevamente sonaron disparos, no recuerdo… quizás tres, cuatro o más. Se oyeron más lejanos. Eran algunos policías del estado que desde su alcabala nos defendían. Los cazadores detuvieron su acoso y dieron vuelta en U, se alejaron velózmente tras el polvorín y el espejismo que deja el horizonte turbio al quemarse el combustible.
El alma nos volvió al cuerpo, ambos estábamos lánguidos cuando finalmente nos estacionamos frente a la alcabala. Los policías temerosos no bajaban su armamento y creo haber sentido que nos apuntaban directamente. Al ver nuestras caras pálidas de navegantes agonizando, y oír nuestras “gracias” y bendiciones, tomaron una actitud más amigable.
Luego de 30 minutos de declaraciones y escuchar por la radio policial de la estación una cadena de reportes y llamados a otras unidades del sector, fuimos despedidos por los funcionarios
No tenía cara para mirar a mi amiga. – ¡Cuanto lo siento! ¡Lamento que esto haya ocurrido! le decía para aliviar en algo semejante encrucijada vivida.
Mi amiga, solidaria, me concedió un gesto de comprensión, como el de una madre cuando sabe que su hijo no tiene la culpa de la travesura que le imputan: -Amigo, terminemos la diligencia! Nadie puede adivinar lo que sucedería, agregó.
Recuerdo haberla visto de reojo cuando me interrogaban en la alcabala. Le vi dos perlas que corrieron por ambas mejillas mientras contemplaba su nueva adquisición. Con sus manos, tostadas por el sol, frotaba los arañazos de su camioneta como si quisiera aplacar el dolor de las heridas. Dio dos vueltas alrededor de la nave para evaluar los daños, mientras lo hacía movía la cabeza de lado a lado, como si negando podría torcer los acontecimientos de ese día.
No mencionamos palabra alguna, camino a Flor de Mara. Llegamos donde mi proveedor mayor. Solicité mi mercancía. Abrí algunas cajas de cartón, y las usé como alfombra en el piso del “cajón” de la camioneta. Servirían para absorber cualquier humedad que escapara de las bolsas y empaques de la procesadora. Los trabajadores, como siempre, se encargaron de acotejar la carga. No les di propina esta vez.
-¡Estamos listos! le comuniqué a mi amiga.
-¿Falta ir a otro sitio? me preguntó sosegada.
-Con esta cantidad estaré bien por un mes. El otro proveedor podrá enviarme en cualquier momento lo que resta. Expliqué. -Hoy, tu apoyo ha sido enorme. Regresemos. Agregué.
Apenas cruzamos algunos comentarios; ambos sabíamos que no deseábamos recordar lo desagradable de la experiencia vivida. El tiempo de retorno se hizo interminable. En otra oportunidad y quizás en otra época hubiésemos comprado una cantidad generosa de cervezas para refrescarnos. Solo nos detuvimos una vez y compré 4 cervezas, para ambos. Los árboles y casas que acostumbraba ver pasar en mis anteriores viajes, continuaban pasando una y otra vez. Era como si pertenecieran a una cinta en un tornillo sin fin.
El olor a puerto y salitre perfumado volvió a humedecer mi respiración, intuía que ya Maracaibo estaba cerca. El atardecer hacía que las hormigas humanas de la ciudad corrieran angustiadas de regreso a sus hogares, nuevamente presenciábamos el agite cotidiano de la urbe. Mi amiga y yo comentábamos las trivialidades de la ciudad como si no hubiésemos estado tan cerca a un peligro que podía haber terminado peor para los dos.
Llevamos mi mercancía a mi casa. Aún estaba congelada, el empaque había sido excelente. Bajé todas las cajas de mis principales productos y dejé un par de paquetes individuales en la tolva, para mi amiga, envolviéndolos para evitar que perdieran frío. Coloqué el resto en el congelador que destino para ello.
Ofrecí un café a mi amiga, aceptándolo me esperó sentada en el sillón del patio. Traigo el café, me siento a su lado, tomamos el primer sorbo; observamos la nave 4 x 4, último modelo. No reconocía su color, su brillo no era el usual, el polvo cano la envejeció en pocas horas y los golpes recibidos opacaban lo distinguido de su clase. Me sentía responsable por lo acontecido.
-Mañana lleva tu camioneta para que la laven y yo cancelo, además puedo ayudarte a pagar los gastos de un nuevo maquillaje. Con pena dije a mi amiga.
Ella, compasiva, puso su mano en mi hombro; en un tono muy suave me comunica: -Tranquilo, te acepto el servicio de lavado pero el vehículo está asegurado y mañana comenzaré a gestionar su reparación. Esta camioneta representa los ahorros de toda mi vida, culminó diciendo.
Respiré profundo, un alivio reconfortante me invadió. Me alegré que mi amiga contara con esa póliza. Debió haber costado una fortuna.
Dormí como nunca. Increíblemente todas las emociones del día se bloquearon. No pensaba en lo malo, solo agradecía estar en mi cómodo chinchorro y por no haber sucedido algo calamitoso. El sueño fue reparador.
Un nuevo día me esperaba, el sol comenzó a dibujar su elipse acostumbrada; calentó, como siempre, desde temprano. Desayuné suculentamente uno de mis platos favoritos: rodajas de pescado fresco frito con yuca asada, fruta y café negro. Pasé por casa de mi amiga, le dejé el costo del lavado del vehículo y me dirigí al taller donde culminaban los ajustes a mi auto.
Solo tardaron dos horas más para entregarlo. Mi auto, aun con las huellas de las manos grasosas de los mecánicos impresas en toda su carrocería, me agradecía que lo rescatara.
Le di unas palmadas como si estuviera seguro de que sintiera mi afecto. Introduje las llaves en el encendido, el motor infalible roncó como siempre. Estaba pidiendo camino. Al arrancar, sus cauchos patinaron en el piso del taller, emitiendo un particular chillido de llantas, cual caballo que relincha en la hora de iniciar su cabalgata, o quizás quiso despedirse de sus curanderos.
Cinco días después me atreví a hacer el recorrido hecho con mi amiga cuando me favoreció con su traslado. Giré en el mismo sitio donde ella tomó el camino secundario. A unos doscientos metros del cruce dos mujeres humildes con sus tres pequeños niños pedían un traslado. Sin pensarlo detuve mi marcha y todos subieron a mi carrito. Se alegraron de ahorrarse una caminata que pudo haber durado varias horas. El automóvil hacía su trabajo casi como un autómata, esquivaba ágilmente las hendiduras y grietas, nadie como él para desplazarse en ese ecosistema.
Un considerable tramo enmontado me recordó la persecución de días atrás. Pasando por una pequeña tienda, de las tantas que hay dispersas en el camino, vi estacionado uno de los vehículos involucrados, los que no olvidaré. Un vacío en mi estómago apareció de pronto y la impotencia de no poder hacer nada me produjo un sabor amargo en la boca. Disminuí la velocidad para ver detalles, quién sabe: matrícula, neumáticos, señales, características más particulares… cuando escudriñaba la figura del chevy 75, pude apreciar las abolladuras que se hizo con la camioneta de mi amiga,…y de pronto… allí estaba, vi la cara del maleante que nos embestía, reclinado sobre el asiento delantero, las cejas pobladas, la barba azulada recién afeitada, peinado engominado y su diente de oro brillando como nunca, con la sonrisa cínica, jugaba con un llavero; pareciera que sus facciones hubiesen estado congeladas por siempre de esa manera, no cambiaban; las mantenía así aun cuando conversaba con otros que le dirigían la palabra.
A muy poca velocidad, casi deteniéndome, desde el interior de mi vehículo giré lentamente mi mirada hacia el grupo de hombres, mi sombrero ocultaba parte de mi cara, los miré fijamente, al igual ellos a mí, pero de manera indiferente. No me reconocieron, ni lo harían. Ellos solo sabían poner vista en las condiciones de los autos que por allí pasaban. La latonería picada de mi carrito no los atraía, mucho menos la bullaranga que producía al caer en los huecos de la carretera. Mi aspecto tampoco me convertía en blanco de sus apetencias, mucho menos trasladando gente humilde del sector.
Una de las mujeres pasajeras me preguntó: -¿Los conoce?
-Los he visto por allí, le respondí, haciéndome el baqueano, ¿Por qué?
-¡Son gente mala! respondió con tristeza.
No continuamos hablando.
Así, poco a poco, sin necesidad que mi velocímetro llegara a 340 km/hora, a velocidad de asno trasnochado fui desapareciendo en el lomo e’ perro de la carretera. Los cujíes me regalaban el aroma de sus recién floreadas ramas. Las pasajeras me invitaron a comer carnero guisado que guardaban en su casa.
Pasé la mano al tablero del cacharrito y cómplice me atreví a decirle: -No sabemos en qué momento es mejor no brillar y pasar desapercibidos.
La sabiduría quizás también radique en saber cuáles momentos son más oportunos para ostentar y cuáles para mostrar humildad.
Luis Carlos Guerrero Pérez

Lo sencillez de nuestra cultura es lo importante para la sobrevivencia.

ABUNDANCIA EN NUESTRO MUNDO

25 Sep

Disfruto de los olores del mercado popular; aquellos despedidos por los artículos sencillos que pueden, en pequeñas cantidades, saciar tanta necesidad o apetitos de nuestro ser. Nos deslizamos por pasillos tortuosos; estos, como reptiles serpentean, oscilan, circundando nos llevan a cubículos comerciales, pequeños bazares, donde cada negociante brinda amablemente un sinfín de productos, una mercadería lanzando olores que siempre quedarán en la memoria funcional del hipotálamo.
Inspiro, y un grato a olor a fruta madura se deja colar, detecto más intenso el del mango maduro y el del melón; la hoja fresca de la verdura que viajó en la madrugada; flota de pronto el olor a carne de chivo, a frituras provocativas, charcutería; las escamas saltando de las tablas de los pescaderos, junto con las diferentes especies de pescados frescos, traen el aroma de El Caribe hasta mi pituitaria, su olor a sal, a algas marinas, a vida, a horizonte, mmmm… viento tropical que lleva el tambor y el mulataje en la sangre de mis padres.
Continuamos andando bajo los toldos y sombrillas multicolores, telas que ayudan a sombrear a los retazos de sábanas floreadas y estampas variadas, alternando con figuras de personajes de historieta. Pareciera un mundo espontáneamente creado para entretener a aquellos que no cuentan con algo para leer, o para recordar la historia de las familias de Los Filúos.
Después de comprar lo necesario para comer, queso, arroz, harina de maíz, hortalizas para la ensalada, condimentos, y leguminosas, el compadre me susurra: -falta el “chirrinche”, pa’ que el frío no nos atormente por la noche. Yo respondo animado: -Dele compai, tiene luz verde. Usted es el que conoce la temperatura de su tierra.
Pocos minutos nos distancian de la morada del compadre; Alcaraván, como le dicen sus conocidos y familiares. Llegamos sedientos, los más pequeños salen a recibirnos, saben que algunas golosinas han sido llevadas para ellos. Para las hijas mayores y mi comadre, así como para sus sobrinas y primas, siempre guardo ricuras de la panadería o frutas anheladas por ellas. Todos comemos de estas mientras comentamos los sucesos acaecidos en las semanas que no nos hemos visto. La suave brisa de la tarde se va llevando poco a poco el calor del día y de la faena. Faena que estas gentes realizan gustosas hace miles de años.
“Fé y Alegría”, emisora radial del sector nos regala música de la frontera, alternando con un de vez en cuando: Jalapüshijana waya? (forma wayuu de preguntar por la hora).
Escogemos para sentarnos la orilla de la laguna. Esta protege la retaguardia de la casa de mis compadres. Dos sillas de madera con espaldar reclinado, reciben nuestros miembros cansados. Los cujíes danzan y las palmeras trenzan sus ramas para brindar más agrado aún a la visual que el crepúsculo de La Guajira regala en la hora donde el Sol, ya humilde, deja paso a la reina de la noche.
El estimulo etílico va poco a poco convirtiéndonos en titanes, nos sentimos renovados. Buscamos conversar de lo interesante de la vida, el clima, los familiares de ambos, los sucesos locales.
Ingenuo, le pregunto a Alcaraván: -¿Cómo hace la gente pobre de La Guajira para avanzar en la vida?
-Compadre! Me responde, -Aquí no hay gente pobre. Todos tenemos nuestros animales, cabras, ovejas, vacas, gallinas y otros. Comemos bien todos los días, aunque se dificulta, en ocasiones, la llegada de algunos artículos, tenemos lo que necesitamos. También, siempre nos sobra el licor, como a los más prominentes de la ciudad. Nuestras mujeres tejen chinchorros y artesanía que pueden ser vendidos o intercambiados por artefactos, enseres u otros insumos. No requerimos más de lo esencial para saciar nuestras necesidades reales.
Admirado por esa respuesta, me adelanto a desentrañar más interrogantes que surgen de un mundo que nos negamos a entender:
-pero veo gentes carentes de vestidos, calzado, y otros materiales para estar bien.
Alcaraván replica: – eso lo deben necesitar en el mundo urbano que se ha construido para no estar satisfechos nunca, donde las necesidades son ficticias, creadas para mantener un círculo nefasto de explotación de unos por los otros. Mi compadre inspira profundamente, se lleva lo totuma con chirrinche a su boca y continúa: – Lo que si vislumbro es que pronto esa civilización vendrá a nuestro mundo wayuu a raptar la tranquilidad de los que no necesitamos mucho para vivir plácidos, vendrá a convertirnos en esos humanos que lo necesitan todo para vivir infelices.
Luis Carlos Guerrero Pérez

La mujer del camino

7 Sep

La mujer del camino
El Sol estaba en su punto más alto; irradiaba con magnífico esplendor. Su radiación castigaba a las indiferentes piedras que, a pesar de sentirse inmunes a sus ramalazos incandescentes, crujían sufridamente como si quisieran comunicarle algo a la mujer.
La mujer es una luchadora, su piel morena, algo tostada por la estrella más cercana a su planeta, se siente tersa y firme a pesar de haber parido a siete hijos, ya todos se marcharon; sus ojos asoman la picardía de los ya pasados días de juventud; cabello negro como la noche sin luna, aún tiene brillo y es sedoso como la mayoría de las gentes de su pueblo, lo lleva protegido a la usanza wayuu con una pañoleta a colores blanco, negro y violeta, que indica luto por algún ser querido.
El calor y el vapor que exhala la atmósfera hace verla como un espejismo, su manta se difumina en el brillante horizonte de la tarde que desea quemarnos. El viento (Jouktai) danzarín juega a la bandera con la manta de la mujer (jierü), pero con coraje ella continúa su avance… se presionan muslos, vientre y senos, dibujándose en la superficie de la manta, que hace juego con su pañoleta. Esa figura nos hace pensar: puede parir otros 7 hijos más… ella asiente como si los necesitara tener ahora mismo!
Sueña con posar sus labios sobre la boca de la múcura (amüchi), la que tenía en su casa, la que compartió muchos años con Darío Silva Aapüshana. Recordó su primera vez en la hamaca, los meses que vinieron con su amor primero, con el segundo y con el tercero… recordó cada parto y la felicidad de amamantar a los vástagos que se fueron.
Siempre fue fuerte frente al fogón, en la búsqueda de la leña, en la enfermedad de su cuerpo y en la de sus hijos; nunca se afligió por la escasa alimentación, sus manos cocinaron las tres “papas” de una legión.
Una que otra piedra o desnivel la hace perder verticalidad, trastabillea, pero recupera su donaire. Sus pequeños y bien cuidados pies levantan tenuemente el fino polvo de la tierra que le donó su fortaleza.
“Si Darío no me hubiese dejado por irse detrás de la ovejita descarriada” se decía, “Si Fonseca Uliana no hubiese preferido a la capital”, recapitulaba… “Si Gonzalico no hubiese izado la vela hacia Las Antillas”, se lamentaba.
Un frondoso y centenario cují la esperaba entre la riqueza del desierto que no era tan estéril como lo pensaban. Quiso sentarse sobre una de las gruesas ramas, inteligentemente reclinada por el viento permanente de La Guajira. De su bolso (susu) sacó muestras de preciados tejidos, acomodó varios de ellos a un lado como quisiera exponerlos en un festival; tomó el más colorido y comenzó a hilarlo tal y como maachon la había cultivado.
Los hilos se trenzaban mágicamente, cada línea encajaba con la que radialmente le seguía… la habilidad natural y destreza eran vigiladas desde su mente por walekerü (araña). Los colores fueron emanando espontáneamente y un matiz de verdiazulados, muy estéticamente entrelazados se fueron convirtiendo en una prenda única, merecedora de lo sublime.
Pasados los minutos fueron acercándose los curiosos; vecinos y caminantes deseosos de calmar el sofocón se acordonaban bajo la sombra del cují centenario. Entre ellos, un wayuu de semblante tranquilo, de los que en su cara se marcan los surcos de la vida y de la tierra sembrada, de aquellos cansados de transitar sin buscar orilla en donde amarrar su chalupa,… de los que aprecian el tejido, se acercó a la tejedora; sus pupilas se dilataron más por la coloración que de la prenda brotaba que por lo luminoso del día.
Después del saludo habitual entre hombre y mujer, el wayuu reconoció: -“hermoso su arte, maravillado estoy con lo que hace”.
La mujer se atrevió a lanzarle una mirada y respondió: “Esta es una pieza definitiva y solo se adquiere bajo un compromiso de palabra”.
El silencio se descolgó como un rayo entre los presentes, nadie pronunció palabra alguna. Uno a uno se fueron retirando, se alejaron quienes nada tenían que ver en la conversación. Lo circunspecto del entorno continuó. Las manos de la mujer culminaron la tarea de tejer y procedieron a guardar en su bolso la espléndida muestra de sus labores.
El wayuu, ya sudoroso y con un trotar de caballos en su pecho se atrevió a proponer: “Yo empeño mi palabra de obsequiar lo que tengo en mi parcela y mi corral, chivos, vacas, ovejos, mi rancho, mis ahorritos y todo lo que es real, si usted me acepta por compañero para verla, lo que nos resta de vida, hilar”.
Con paciencia se levantó de la rama más gruesa del cují centenario, la mujer tejedora del camino radiante y polvoriento, y con su belleza natural y la perspicacia rural respondió: “Te acepto acompañar, pero antes de tejerte el chinchorro donde a bien debamos reposar, muchos son los wayukos que te tienes que probar”.
Así el hombre adelante y la mujer atrás enfilaron al norte, hacia la “luma”.
Por el sendero de cardones y tunas, la mujer cavilaba: ¡Me asalta la nostalgia por los que se fueron, y como me alegro por los que vendrán!
Luis Carlos Guerrero

Noche de Kashi kai (Luna) en La Guajira. Mar Caribe.

5 Jun

El viento colabora con refrescar mi cuerpo. La sal se apoderó de los poros de mi piel. Semejante tersura con memoria a playa y mar me hacen recordar que no quiero irme a descansar en mi chinchorro con mis pliegues enjugados en salmuera.
Me levanto lentamente, con cierto desgano e incomodidad, extiendo mi mirada entre las sombras y la penumbra que dejan los cujíes y el proyectar de las luces de la tienda de mis compadres.
-¡Que bueno sería tomarse dos más!, me digo. Tambien los perros tienen ganas de jueguetear, se muerden sus hocicos delicadamente, como si no quisieran hacerse daño, se revuelcan en la arena… algo alejados de la fogata que sirvió para las historias de los ancianos, dirigidas a los niños de la casa y de los aledaños.
El cripear de la madera me regocija, se retuerce la madera ante el inclemente fuego que la convertirá en cenizas muy pronto. A lo lejos aulla un lobo solitario, persiste en su comunicación ancestral… quizás celoso del juego de sus primos no tan lejanos!
Recuerdo que un resplandor me llama…  roza mi vista periférica… es la luna que sonriente me explica el porque del aullido del lobo. Me siento lobo por unos instantes. La Luna continúa acompañando los violines de los grillos del monte y me explica nuevamente porque debo oir el concierto de la noche, hasta que las donzellas de los sueños se apoderen de mi conciente!
La Luna, Kashi kai, termina por invitarme a la laguna, donde dejaré parte de mi cansancio. Colabora para que encuentre el jabón y el recipiente con agua fresca. Derramo el agua sobre mi frente… y así logro ver que realmente La Luna me sonrió de manera cómplice.  – «Mañana me verás un poco más delgada», me dijo… y yo silencioso, caminé hasta la choza de palmas que resguarda del frío nocturnal de La Guajira… y me volví a tumbar sobre los hilos coloridos del chinchorro que me cedieron mis compadres, esta noche.

Luis Carlos Guerrero.

Hello world!

5 Jun

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